TIERRA FÉRTIL, de Ale Piovano
Por Ale Piovano
Cuando cumplí trece mi madre, como regalo de cumpleaños, me llevó al teatro a ver Hair, la obra musical sobre una banda de hippies en Nueva York. Ella no supo en aquel momento el profundo impacto que la experiencia tuvo en mí: el patito feo que no encajaba en una familia de la burguesía había descubierto a su tribu de cisnes. Claro que era aún muy pequeña, así que tuve que correr mucho para no perderme ese tren arrollador de los años 70.Ser joven en esos tiempos era emocionante: música, cine, literatura, teatro, política, drogas; puro fuego que alimentaba un nuevo renacimiento cultural. La sociedad era terriblemente conservadora −por lo menos en Buenos Aires− y miraba con ojos críticos y mucho disgusto estos cambios. Los “raros peinados nuevos” recibían insultos en la calle y hasta podían llevarte detenida sin ninguna razón. El caos político del gobierno de Isabel Perón y luego la dictadura cívico-militar marcaron un quiebre absoluto en la historia. Empezaba el año 1982 y a ese contexto horrible se sumó la guerra de Malvinas. Con poco más de veinte años, junto con mi marido, Balín, y nuestros pequeños hijos Luz −de tres años− y Juan −de dos− llegamos a El Bolsón. Para nosotros, fue como cruzar el océano y desembarcar en el país de la libertad.El primer recuerdo que tengo de esos primeros tiempos es el de ir caminando en familia por un sendero de tierra en Mallín Ahogado, observando todo con curiosidad. Pasamos por la entrada de una chacra donde un grupo de hippies jugaban al vóley; apenas nos vieron, nos invitaron a entrar y a compartir la tarde y el río. Fueron los primeros jóvenes que conocimos, uno de los varios clanes que se juntaban no solo para divertirse, sino también para realizar trabajos conjuntos de agricultura y construcción de casas, prácticas de colaboración que se daban mucho, sobre todo en las zonas rurales de la Comarca.El Bolsón en esa época tenía tres cuadras asfaltadas y en la entrada del correo había un palenque para atar a los caballos. Cuando bajábamos de la chacra para hacer compras, se nos iban las horas en charlas; nos conocíamos entre todas las personas que andábamos por ahí. En el aire había una sensación de familia enorme y amorosa, compuesta por diferentes clanes que se formaban según el territorio que compartían: Villa Turismo, Mallín Ahogado, Golondrinas, Lago Puelo, El Hoyo o Epuyén.Fuimos aprendiendo a trabajar la tierra, a armar huertas que nos proveían de buen alimento todo el año, a construir nuestras casas y a hacer todas las tareas que demanda la vida rural, que no es fácil pero sí hermosa. Con el tiempo también aprendimos a defender la naturaleza y a vivir lo más posible por fuera del sistema; nos volvimos productores alimenticios, artesanos, artistas, constructores y ecologistas. Criamos hijas e hijos y a su vez ellas y ellos eligieron los mismos valores de vida, los pulieron aun más y el resultado son estas generaciones de jóvenes increíbles, bien plantados, llenos de fuerza y coherencia, alegres y solidarios.No quisiera pecar de ingenua o romantizar esta vida. También hemos pasado frío en inviernos interminables, dedicando mucho tiempo casi exclusivamente a hacer leña para calefaccionarnos, bañarnos o cocinar. La falta de recursos, los pocos medios de transporte y las casi inexistentes vías de comunicación significaron para muchas personas un esfuerzo enorme. Superar esos inconvenientes y poder generar las condiciones necesarias para vivir aquí era difícil y de alguna manera funcionó como filtro: o desarrollabas tu guerrero interior, o el lugar te echaba. A través de fotos y textos, en este libro voy trazando fragmentos de algunas de las personas con las que compartimos esta historia como madres y padres, como hijas e hijos, en un mundo cambiante que nos desafía día a día a persistir en nuestros ideales.
Por Lucas Chiappe
Ninguna lucha está perdida antes de intentar ganarla.María González Reyes
La mayoría de los y las argentinas inquietos, curiosos y con ánimos poblados de rebeliones incipientes con las fantasías de poder cambiar el mundo tuvimos la desgracia de vivir la mayor parte de nuestra infancia y adolescencia (los años 50 y los años 60) bajo regímenes militares, dictatoriales, represivos y castradores que, más allá de frustrar buena parte de nuestras inquietudes, también nos impulsaron a tribalizarnos en una especie de cofradía. Los aires de cambio que se filtraban principalmente a través de la música y una rebeldía indomable nos permitieron ir levantando ese telón de oscuridad que nos oprimía desde una sociedad profundamente conservadora, patriarcal, machista, misógina y discriminadora.
Finalmente, hacia principios de la década del 70 comenzamos a sentir en las venas el llamado profundo del hippismo salvaje, una cultura sin barreras ni fronteras, tierra fértil para cultivar sueños tantas veces postergados por un entorno impregnado de censura inmovilizadora.
De una u otra manera nos fuimos sacudiendo el hastío y la modorra para desplegar las alas y remontar vuelo en el que sería un inédito viaje sin regreso programado y repleto de búsquedas y preguntas; en él se mezclaron aventuras intrépidas, misticismos no religiosos, ideologías igualitarias y muchas hermosas utopías que nos permitieron quebrar definitivamente el corsé impuesto por las convenciones institucionales, sociales, políticas, económicas y ambientales de nuestras niñeces, arraigadas en el urbanismo ciudadano, el capitalismo pisacabezas y el extractivismo sin límites, banderas de aquel nefasto antropocentrismo para el que el resto de la biodiversidad y los bienes comunes del planeta fueron transformados en mercancía de uso exclusivo para la cúspide de esa falsa pirámide... Una forma de comportamiento cortoplacista y eternamente en guerra con los complejos ecosistemas que nos permiten sobrevivir desde hace millones de años en este alucinante planeta Tierra.
A partir de ese tsunami de sensaciones y sentimientos conscientes, e imbuidos en ese espíritu de aprendizajes compulsivos por lograr cambios profundos de vida, un pequeño grupo de personas nacidas y criadas en los suburbios de las ciudades de este y tantos otros países decidimos alejarnos del mundanal ruido y nos lanzamos a reconstruirnos en un ámbito lo más rural y básico posible. Un lugar al que no fuera fácil acceder, aceptando el reto que significaba la pérdida de comodidades, comunicaciones fluidas y círculos sociales saturados de cultura y entretenimientos.
Trocamos ese bagaje urbano por una vida de austeridad voluntaria e intensos trabajos de chacra, construyendo nuestras propias casas con los materiales que tuviéramos a mano, cultivando las huertas que nos brindarían buena parte de nuestra comida, hachando la leña que nos calentaría todos los días del año. Y sobre todo criando a nuestros hijas e hijos, sin ningún lujo pero con muchísimo amor, dedicación y cariño.
Transformándonos a la vez en tutores, compinches y amigos cercanos, priorizamos esa relación profunda antes que cualquier otra tarea, compartiendo felicidades y preocupaciones, enseñando con la experiencia adquirida y aprendiendo de esa sabiduría primaria con la que todos llegamos equipados para gozar, o no, de este breve viaje terrícola que nos tocó de karma.
Hoy, casi medio siglo más tarde, muchos de nosotros seguimos observando maravillados esa incomparable experiencia, sin arrepentirnos ni por un instante de nuestras testarudas y valientes decisiones, sintiendo que lo más precioso que dejaremos atrás es una hermosa camada de hijas e hijos socialmente empáticos y ambientalmente conscientes, alegres y ubicados, abiertos, curiosos y a la vez audaces, absolutamente realistas pero profundamente optimistas, gente bienintencionada arraigada definitivamente a esta biorregión, orgullosa de su entorno, respetuosa de sus cerros, amante y caminante de sus frondosos bosques y navegante de sus ríos y lagos.
Son personas que agradecen sus infancias y a la vez nos van legando desde hace un tiempo otra generación, la de nietos y nietas, que nos permite retroceder en el tiempo hasta revivir (ya sin tanta responsabilidad) la magia de cada nacimiento y el privilegio de observar el fascinante desarrollo de esos seres únicos y diversos: oír el balbuceo de cada palabra nueva y participar de sus aprendizajes, abrazándolos, besándolos, oliéndolos y sonriéndoles mucho... hasta derretirnos cada vez que nos llaman para jugar a la pelota o nos acompañan en la carretilla a recoger leña del bosque.
Por Juan Pablo Restrepo
Vivimos un momento liminal, un espacio intermedio de incertidumbres que desestabiliza y cuestiona gran parte de los fundamentos de lo que hemos sido, del legado que hemos recibido, desde la manera en que entendemos y nos relacionamos con aquello que hemos aprendido a nombrar como “naturaleza” hasta la educación heredada que nos inculcó un desmesurado culto al supuesto éxito y la competencia. Cuando veo a las generaciones de hippies que decidieron romper con lo impuesto y recibido para buscar en cambio otros lugares y maneras de habitar, siento el coraje de aquellos que se lanzan a lo desconocido como esas tortugas que cuando nacen se apresuran hacia el mar en un impulso de vida inteligente que se sintoniza con las corrientes marinas. En ellos y ellas siento cómo pulsa la vida para oponerse a las cadenas de miseria que componen la modernidad psíquica y afectiva que llevamos en la médula. Con todos los aciertos y desaciertos, sin romantizarlos, reconozco el arrojo de aquellos que decidieron derribar el mundo conocido y empezar a construir otro, en otros aires, en otros climas, con otras gentes. Muchos de ellos y ellas encontraron en la Comarca una línea de fuga para componer otros hábitats en medio de la crueldad de una dictadura cívico-militar.
Se construyeron casas, se despejó la mosqueta, se cortaron pinos de las chacras y se soñó un espacio que permitiera otra humanidad. En un territorio habitado por la gran herida del despojo al pueblo mapuche por parte del Estado argentino en la llamada “Conquista del Desierto” a finales del siglo XIX, estos hippies buscaron conectar con la tierra y ejercer el derecho a gestar, crear familia y comunidad, vivir una vida de abundancia fuera del círculo del consumismo y la negligencia de las grandes ciudades como Buenos Aires.
En estos tiempos en los que junto con mi pareja Jade, una de las hijas de estos hippies, nos encontramos gestando una vida, la pregunta por el legado se vuelve casi un koan zen, una pregunta que define toda la existencia. En un momento de transición hacia lo indecible, en un planeta en ebullición y con la crueldad que compone el genocidio del pueblo palestino y las diferentes guerras en curso, las migraciones masivas y el extractivismo voraz, traer una vida a este planeta se convierte en un salto de coraje, amor y cierta dosis de inconciencia. Pienso en nuestra hija, en la oportunidad de que respire estos aires del sur, pero también pienso en la inevitabilidad de la lucha para que siga viendo estos bosques prístinos y tomando el agua de los lagos formando un cuenco con sus manos.
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